Me llamo Ariel, tengo 22 años y estoy estudiando asistencia social en Bélgica, Europa. Vengo de una familia cristiana tradicional, en la que se me enseñó a abrir mi corazón a Jesús, y llorar de alegría en su presencia. Mi primer encuentro con la pornografía fue cuando tenía 8 años aproximadamente.

Mi padre tenía en el baño revistas “para hombres”, en las que salían muchas mujeres con los pechos descubiertos, y allí fue donde por primera vez me masturbé mirando pornografía. Todo el mundo en mi casa sabía que me masturbaba, más nadie me decía nada.

A los 16 años me fui para Canadá por 4 meses.

Estando en Canadá tomaba alcohol como un adulto. Un día en internet descubrí la palabra PORNO, que me abrió las puertas a infinidad de sitios pornográficos. Me convertí poco a poco en un adicto, miraba sin cesar pornografía, eran horas y horas que pasaban si que me diese cuenta, estaba atado, y con el tiempo ya no me gustaba cualquier video, de una selección de 100 tal vez solo uno me gustaba. En mi acto egoísta me cerraba en mí mismo, al punto de tener una ligera depresión que casi me cuesta un año de estudios.

Por aquella época llegué a tener una hermosa novia, amiga, hermana, en fin, una compañera durante 5 años. Al principio de la relación la amaba tiernamente en mi corazón, podía ver y apreciar cada gesto de ternura. Pero esta maldita adicción fue haciendo que me volviese tan egoísta que ya no podía pensar en otra cosa más que en tener relaciones sexuales con ella. Aunque lo intentamos más de una vez, nunca pude pasar más allá, ya que yo la respetaba muchísimo y ella tenía miedo. Hoy ya no estamos juntos, en gran parte debido a mi adicción a la pornografía.

Después de haber buscado cómo llenar mi sed de amor con actos de los que no estoy orgulloso y haber “malgastado toda mi fortuna” en este vicio, un día (tocado por Su Palabra en Romanos 5, 20-21) regresaba a la casa de mi Padre, como el hijo pródigo, sin fuerzas, sin aliento, muerto en vida, y le decía: “Padre si tú me amas, ¡¡lléname de tu amor!!” No acababa yo de decir estas palabras cuando Él llenó, inundó e hizo rebalsar con abundancia mi corazón de su amor.

Pero aunque volvía a comenzar como si me cargaba las baterías, después me desconectaba completamente del cargador. Me llevaba la herencia y cuando me la gastaba toda otra vez, regresaba nuevamente cansado, muerto en vida delante de Él, y le repetía: “Padre, si tú me amas, ¡¡¡lléname de tu amor!!!” ¡Y qué creen! ¡Nunca me dijo que no!

Fueron muchísimas las veces que se repitió este milagro de llenarme el corazón de amor, paz y alegría. Pero por dentro no quería aceptar que era Él quien me daba todo, y que sin Él yo nada soy.

Mi propio orgullo, mi soberbia y vanidad han sido, sin lugar a dudas, el más grande obstáculo para reconocer y aceptar la verdad de que Dios es el único capaz de llenar mi corazón sediento de un amor infinito.

Un día, en un retiro, Él llenó como nunca mi corazón.

Así es, lo llenó tanto que tenía la impresión que estaba viviendo el cielo en la tierra. Entonces me di cuenta que me había sanado, liberado, que ya no estaba atado. En ese momento tenía un entendimiento cristalino, una seguridad tajante, una verdad clara. Otro milagro, me liberó mi Señor y ni cuenta me di, yo lo único que hice fue dejarme amar. Él hizo el resto, y desde entonces, hace ya más de 8 meses, por la gracia de Dios he dejado la pornografía y la masturbación. Ahora voy a Misa todos los días, vivo en castidad mi soltería y discierno seriamente si Dios me llama al Sacerdocio. Todo esto por la misericordia de Dios. Todo regalado.

Hoy, aunque soy un pecador, tengo una Madre que me cubre con su manto, tengo al arcángel Miguel que me protege, y al Espíritu Santo que me santifica y derrama su gracia en abundancia. Repito, no soy un santo, pero hoy puedo decir con alegría que si no recibo a Cristo, no soy nada, y si no me dejo transformar por Él, no voy a ningún lado.

He decidido seguir a Aquél que se dio y se sigue entregando por amor por mí y por ti en la CRUZ. ¡No te desgastes en vano! ¡Déjate amar para poder amar después! ¡Deja ya tu egoísmo, tu soberbia y tu vanidad, y no pierdas el tiempo! Recuerda que solo en tus manos está la decisión, la última palabra. Solo tú tienes la llave de tu vida, tú decides si le correspondes o no a ese Amor. Dios respeta tu decisión.

Amigo, te lo dice un joven nuevo, que ama a Jesús con todo su corazón, que tiene mucho que caminar. Hoy te puedo decir que para Dios no hay nada imposible, no tengas miedo de abandonarte en Él, no dudes en confiarle absolutamente todo. Entregarte con confianza, fuerza y amor, porque solo Él, amigo mío, llena el deseo infinito de amor que tiene tu corazón.

¡Que Dios te, bendiga hermano mío! ¡Espero que este humilde testimonio pueda ayudarte en tu búsqueda sincera de la felicidad!

A.F., Bélgica, 22 años

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