Por Jessica Araya

La historia de mi rechazo

En mi familia somos 5 hermanos. Yo soy la única mujer, y la hermana del medio. Desde pequeños asistíamos a una iglesia evangélica. Mi mamá, dueña de casa, mi papá un trabajador de la Armada. Cuando mi mamá quedó embarazada de mí, mi padre le dijo a mi madre que esperaba que ese bebe (yo) fuera un hombre. Fue entonces que comenzó la historia de mi rechazo.

Mi mamá, aterrada por la advertencia de mi padre, se repetía a si misma que yo tenía que ser hombre. El día del parto yo no quería nacer. Fueron muchas horas de trabajo de parto, pero yo no salía. Cuando al fin me sacaron, lo primero que le preguntó mi mamá al médico, adolorida y sangrando, fue: “¿Qué sexo tiene mi bebé?”. El respondió: “Es una linda niña”. Mi madre se puso a llorar. “¿Está seguro, doctor?”, preguntó angustiada. “Sí, es una niña”, fue la sentencia del médico.

No recuerdo mucho mi infancia temprana, pero tengo recuerdos borrosos: Es de noche, estoy frente al televisor, viendo una película de terror. Tengo miedo, pero estoy sola. No tengo a mi madre para refugiarme, o a mi padre que me contenga. Generalmente estoy sola. No recuerdo gestos de cariño de mis padres hacia mí. Al contrario, recuerdo a mi padre siempre ausente, nunca en la casa, jamás conversé con él. Le tenía miedo, por sus gritos y mal genio. Por otro lado a mi madre la recuerdo golpeándome, siempre molesta, frustrada, cansada, y todo eso lo descargaba en mí.

Tengo entendido que, después de que yo nací, mi mamá tuvo 9 años de fuerte depresión. Comenzó con una depresión post parto, pero que siguió por los problemas en nuestra familia. Mi madre descargó su frustración conmigo: por nada me golpeaba. Yo evitaba hablarle o estar cerca de ella para evitar sus insultos y golpes.

Había una vecina de mi edad, Camila, íbamos en el mismo curso. Ella era ordenada, aplicada, muy bien portada, y un día mi mamá furiosa me gritó: “Hubiera preferido mil veces que Camila fuera mi hija, y no tú”. Jamás olvidé esas palabras, retumbaron por años en mi mente. Ese día sentí que mi vida se quebraba en mil pedazos. Tenía sólo 10 años. Llamaron a mi mamá del colegio y le dijeron que yo había bajado mucho mi rendimiento. Sospechaban que tenía mucha pena, que era una especie de depresión. Mi madre lo atribuyó a que había nacido mi hermano menor, y no le dio importancia. En mi mente, yo sentía que nada mío era importante para ella.

Crecí con un vacío tan grande por el rechazo que recibí desde el vientre. No sabía ni quién era. Siempre quise tener una hermana para conversar, o que me aconsejara. Pero en el patio de mi casa yo estaba sola, jugando sola, hablando sola.
En mi casa había un cuarto pequeño, lleno de cachureos, mal oliente. Anhelaba limpiarlo, ordenarlo. Quería que alguien me ayudara, porque yo sola no podía. Pero nunca había un adulto. Me quedaba contemplando ese cuarto, en mi mente yo tenía ese cuarto para jugar a las muñecas. Un espacio de libertad.

Un día estaba enferma. Durante ese tiempo en cama descubrí el libro: “Gracia y el forastero”. Nunca antes había leído un libro, y recuerdo que fue un deleite. Mi imaginación voló a mil, fue como desaparecer de mi casa, internarme en la historia y vivir cada escena casi de manera real. Dejé que mi mente volara, y comencé a soñar con los personajes. Me di cuenta que no deseaba ser la protagonista, si no el chico que coqueteaba con la chica: quería ser el hombre de la historia.

Con mi vecina Camila jugábamos largas horas, ella venía a mi casa. Un día me dijo que íbamos a jugar al papá y la mamá. No sabía cómo se jugaba a eso, y me explicó que era recrear lo que pasa en la casa. Mi amiga designó los personajes: ella sería la mamá, yo el papá (cosa que me gustó). Yo me iba a trabajar y ella se quedaba en casa cuidando los niños, y cuando llegaba jugábamos. Cuando se suponía que me iba a trabajar, me dice: “Dame un beso”. Yo la quedé mirando extrañada, pero insistió: “Ven”, me dijo. Tomó una sábana, la puso en su boca y me dio un beso.

Jamás se me olvidó ese beso, porque a pesar de la sábana sentí el calor de sus labios. La sensación de agrado que tuve me confundió, pero me agradó mucho. Después lo hicimos muy seguido: cada vez que jugábamos nos dábamos un beso, con la sábana siempre (pero ella era intensa, y yo permitía que así fuera). Creo que desde ese momento mi mente comenzó a confundirse. Despertó algo en mí, no entendía lo que sentía, pero me gustaban las mujeres. Era algo tan fuerte, pero a la vez angustioso, ya que no podía hablarlo con nadie. Mi madre jamás fue una mama acogedora, sería una locura contarle algo así, no tenía una tía cercana, y en el colegio se burlarían de mí.

Con el paso de los años mi gusto por las mujeres se fue haciendo cada vez más fuerte. Sufría en silencio, mi mente divagaba. Cierta ocasión un amigo de la familia, me hizo tener relaciones con él. Hubo un poco de penetración, pero no recuerdo mucho. Éramos los 2 unos niños. Tal vez ahí comencé a masturbarme.

Años más tarde, me desperté en la noche porque, el mismo chico que me había obligado a tener sexo con él, estaba al lado de mi cama tratando de tocar mis partes íntimas. Le dije: “¿Qué estás haciendo?”, y él se excusó diciendo que estaba tapándome. Yo entendía perfectamente lo que estaba sucediendo, y desde entonces jamás volví a dormir con mi puerta abierta (hasta hace poco la cerraba con llave, tenía miedo que llegara alguien a hacerme algo).

Comencé a sentir odio por los hombres, me daban asco. Odiaba a mi padre porque jamás mostró cariño hacia mí. Era frío e indiferente, los hombres eran una decepción. Mientras crecía la violencia de mi madre hacia mí aumentó. Comencé a pensar en morirme. Mi estima no valía nada, me consideraba físicamente fea, odiaba a la mujer que veía en el espejo.


Emociones reprimidas al máximo

Cuando entré a la secundaria me cambiaron a un colegio de mujeres. La gran mayoría de mis compañeras eran chicas de situación económica muy buena, de la clase alta. Chicas muy producidas, muy lindas, y yo una adolecente casi nula, sin personalidad, sin ganas de vivir. Un día en el recreo, un grupo de ellas conversaba sobre algo de lo cual se referían muy mal, hablaban cosas horribles. Pero yo no entendía de qué hablaban y pregunté. La respuesta: “¡¿Cómo no sabes?! De las mujeres a las que les gustan las mujeres”, las llamadas lesbianas, me respondieron. Quedé en shock, y pensé: “¿O sea que soy una lesbiana, y eso piensan ellas de mí?”. Volví a mi casa como un zombi. Mi vida se volvió a romper aún más. Caí en mi segunda depresión diagnosticada, tenía 15 años.

Pero a la vez me pasó algo, en ese momento fue mágico: me enamoré de una compañera en forma platónica. ¿Qué hacer, cómo canalizar lo que sentía, qué decir? Era una bomba de emociones reprimidas al máximo. Sufría en silencio, cada vez que llegaba la noche pensaba en ella, entraba en mi mundo de imaginación, pero al otro día volvía a una realidad que golpeaba duro. Todo un año sufriendo al verla, sin poder hacer ni decir nada, me pasó la cuenta: repetí el curso. Nunca más la vi, porque nos cambiaron de horario. Era una adolecente y me estaba volviendo loca. Lloraba todas las noches, pensaba en cómo morirme, cómo desaparecer, cómo despojarme de mi identidad y ser otra.

A los 17 años y mi vida era un total caos interno. Me llevaban a la iglesia evangélica, pero no tenía a Jesús en mi vida. Lo había escuchado pero él estaba muy lejos en el tiempo y en el espacio, y no atendería mis ruegos. Pero un día de tantos que me llevaron obligada a la iglesia, algo sucedió.
La noche anterior había llorado tanto que me dio fiebre. Estaba pensando en acabar con mi vida. Y ese domingo, cuando el coro de la iglesia comenzó a cantar, yo sentí que un rayo entró por mi cabeza. Comencé a llorar, lloré todo el servicio y me arrepentí de mis pecados. Mis padres querían llevarme a una urgencia médica (creyendo que yo estaba enferma) pero les dije que estaba bien. Ese día Cristo llegó a mi vida…


Un secreto sin resolver

En ese tiempo mi padre pidió traslado por su trabajo y nos fuimos al sur de Chile. Comencé a congregarme en una iglesia evangélica (pero no donde iba mi familia), y a crecer en el conocimiento de la Biblia. Ahí conocí a unos pastores que me acogieron muy bien, estuve 10 años con ellos. Trabajé en la escuela dominical, fui líder de jóvenes, hice evangelismo, prediqué… hice de todo en esa iglesia.

Pero algo pasaba en mi interior, tenía un secreto sin resolver y era mi atracción por las mujeres. Dios sabe que luchaba con todas mis fuerzas por no sentir eso. Sentía culpabilidad, pero no podía arrancarlo de mí. No quería hablarlo con nadie, sentía miedo a que me rechazaran. Un día se lo conté a mis pastores, ellos sólo oraban por mí, pero no supieron ayudarme.

Sufría por tener esos sentimientos, el diablo vivía acusándome. Cada cierto tiempo tenía sueños eróticos donde yo era un hombre y tenía relaciones con una mujer. Muy a lo lejos me masturbaba con fantasías lésbicas, y después de hacerlo prometía a Dios que no lo volvería a hacer, me sentía la más pecadora del planeta. Mi vida cristiana ya no era tan agradable, porque era más un sufrimiento interno. Quería esa paz que prometía la Palabra de Dios, quería ese gozo, quería esa libertad. Aún estaba sumida en problemas de autoestima: no me amaba, me sentía fea. Me molestaba que los hombres me halagaran o me dijeran que era linda. Simplemente no era feliz.

Pasaron unos años y conocí a un misionero. Comenzamos a ser amigos. Un día el me pidió que fuéramos novios. Yo acepté, pero le dije lo que me pasaba, que sufría y que no sabía qué hacer. Él me dijo que intentáramos ser novios, que tal vez se me pasaría. Y comenzamos una relación de novios. Era agradable salir con él, compartir, reírnos juntos, pero jamás logré sentir algo por él. Cuando me besaba me daba asco, evitaba que lo hiciera. Nuestras familias estaban felices, él se enamoró: nos casaríamos y nos íbamos a ir como misioneros. Yo comencé a tener una crisis interna, porque no sentía nada por él, no sabía cómo decírselo.

Un día, angustiada hable con él. Le dije que no podía casarme, que no lo amaba, que no había podido sentir algo más que amistad. Él con pena en sus ojos dijo que lo entendía y nos separamos. Yo un tanto triste, pero aliviada de no haber cometido el gran error de mi vida. Pasó el tiempo y tuve un noviazgo breve con otro hermano de la iglesia, pero tampoco resultó. Ahí me prometí que jamás volvería a tener una relación romántica con un hombre. “No es lo mío”, me dije a mi misma. “Bueno, sólo me queda vivir una vida de abstinencia, creo que lo podré sobrellevar. Al fin y al cabo, no siento nada por los hombres, me será fácil vivir sin ellos”.
Pero no había considerado que aún me gustaban las mujeres. Creí que como era un sentimiento, y jamás había experimentado nada con nadie, era fácil de manejar. Sólo debía anularlo en mí y todo resuelto. ¡Qué gran error!


El comienzo de una historia dolorosa

Llevaba casi una década sirviendo en la congregación (con fidelidad, con entrega, con ganas), pero con mi secreto guardado en un baúl con llave.
Tuve la oportunidad de ir a unas conferencias en otra ciudad del país. Ahí conocí a una hermana de mi edad, la líder de jóvenes a nivel nacional (yo era líder en mi región). ¡Cuando nos conocimos fue una química fantástica! Hubo muchas cosas afines, conversamos mucho, compartimos lo más que pudimos. Despertó un cariño profundo entre ambas. Luego de una semana regresé a mi ciudad, prometiéndole a ella que trataría de volver, apenas pudiera, a visitarla en su casa.

Pasaron 2 años, en los cuales nos escribíamos regularmente; en ese tiempo no había celular ni e-mail, era sólo correo escrito. Hasta que finalmente pude viajar. Iba por una semana, y me quedé más de un mes. Ese fue el comienzo de una historia dolorosa, y mis inicios en el mundo lésbico.

Llevaba unos días en su casa y la afinidad se hizo más fuerte. Ella era una mujer muy tierna, abierta, sincera. Eso hizo que yo pudiera confiarle mi más profundo secreto. Le dije mi agonía, lo que me hacía sufrir. Sólo Dios sabe que jamás mi confesión tuvo una doble intención. Si algo que cuidaba en extremo a mis 26 años era en no sobrepasarme con nadie, cuidaba cada cosa que decía, porque tenía terror que alguien sospechara algo de mí. Era en extremo correcta con las mujeres. Jamás busqué alguna ocasión para tener algo con alguna hermana, y por eso estaba abriendo mi baúl y mostrando mi secreto mejor guardado. Conversamos todo el día. Después de escucharme ella me dijo algo que me dejó pensando: que ella me entendía más de lo que yo imaginaba. Luego me habló de sus novios y del hombre que la había hecho sufrir, que ella lo amaba, pero no había esperanza que él se fijara en ella.

Nosotras dormíamos juntas, conversábamos hasta altas horas de la noche, y una noche ella me besó. Yo estaba aterrada, sin saber cómo reaccionar. No entendía lo que ella estaba haciendo. Supuestamente a ella le gustaban los hombres… ¿por qué me besaba apasionadamente? Mi única experiencia de acercamiento romántico habían sido los besos con esos 2 chicos que fueron mis novios, pero jamás había tenido sexo con nadie. Pero con ella acabé teniendo relaciones sexuales. Al otro día no entendía nada. Me había gustado, estaba fascinada con lo que viví esa noche, andaba en las nubes. Con los días eso comenzó a crecer. Y de pronto el tiempo se transformó en casi dos meses juntas. Yo me enamoré por primera vez, no quería despegarme de ella, no quería alejarme y volver a mi casa (que quedaba a varias horas en bus). Prometí volver y que haría lo posible por irme a vivir con ella.

Mi vida jamás volvió a ser igual. Pasaron los meses y nos escribíamos. A veces cuando podía la llamaba, y comencé a planear cómo regresar a su casa. Ya nada era igual sin ella. Yo sufría en silencio porque no podía contar a nadie lo que había pasado. Seguía trabajando en la iglesia pero ya nada era lo mismo: mi vida espiritual comenzó a menguar, estaba obsesionada con ella, sentía por primera vez algo tan fuerte que llenaba mi mente, mis emociones. Hasta que logré volver y me quedé a vivir con ella. Su madre era viuda y vivan las dos solas. A su mamá le encantó la idea que yo me fuera a quedar con ellas en su casa, sin sospechar lo que realmente pasaba. Por un tiempo nadie sospechó. Yo comencé a trabajar cerca, en un restaurante como cajera, y participé activamente en la iglesia donde ella se congregaba. Todos me recibieron muy bien, ya que me conocían desde tiempo atrás, cuando había venido a las conferencias de la iglesia.


Estalló el escándalo

Comencé a trabajar con los jóvenes de la congregación. Nadie sabía nuestro secreto, éramos muy prudentes. Ella tenía una mejor amiga, también de la iglesia, además su socia en un negocio, quien de pronto comenzó a sospechar. Un día llegó el pastor de mi iglesia, viajó de la ciudad donde estaban mis padres, directo a donde yo estaba viviendo, para hablar conmigo. Me dijo que los máximos líderes de la iglesia sabían lo que estaba pasando entre nosotras, que yo debía regresar, porque si no esto iba a estallar y sería un problema grave. Yo quede con miedo, pero a la vez con mucha pena. Llevábamos casi un año juntas y no queríamos separarnos. Comencé a ver que mucha gente nos miraba con recelo. Decidimos terminar con lo nuestro, ya que también su madre comenzó a sospechar. Una noche, sin despedirme de nadie, tomé un bus y regresé a la casa de mis padres. Tampoco ellos sospechaban nada, no tenían idea de lo que pasaba con mi vida. Sólo sabían que estaba trabajando y viviendo en casa de una hermana de mi iglesia.

Estaba ya de regreso en mi casa cuando estalló el escándalo: su madre se enteró y toda la iglesia lo supo. El director de la denominación se encargó de publicarlo por todos lados. Les advirtió que tuvieran cuidado con la “hermana pervertida”, que me vigilaran. Esa iglesia fue lapidaria conmigo y con esta chica. Ella sufrió más el escarnio y maltrato que yo, y terminó saliendo de la iglesia para nunca más volver. Su madre le prohibió nombrarme en su casa, bajo la amenaza de lanzarla a la calle si se enteraba que había comunicación entre las dos.

Me deprimí profundamente. Caminaba como zombi en las calles, nada tenía sentido. Dejé de asistir regularmente a la iglesia. Mis pastores no sabían cómo ayudarme, tampoco me interesaba ser ayudada, sólo pensaba en morirme. Afortunadamente mis papás no se enteraron. Lloraba todo el día, sentía vergüenza, rabia, decepción, nostalgia, angustia, porque no podía sacarme ese amor por ella, ni cómo hacer desaparecer todo lo vivido. Me preguntaba constantemente si sería posible alguna vez sacarme ese maldito lesbianismo de encima, y ser normal como todos.

Una noche de Navidad lloraba en la cama, le reclamaba a Dios que no me ayudaba. Dejé de llorar bruscamente, y decidí quitarme la vida. Estaba totalmente resuelta: iba a sacar un cuchillo de la cocina, entraría a la bañera para cortarme las venas, y me quedaría ahí hasta desangrarme. Así, en la mañana, cuando alguien fuera al baño, me encontraría muerta y acabaría con todo. Cuando me iba a levantar no podía moverme: mi cuerpo estaba paralizado. Por más que intentaba no podía moverme.

Comencé a pelear con Dios, le decía: “¡Déjame! Ni tú ni nadie ha podido ayudarme, déjame morir. No hay respuesta para mí, nací así y nada me ha hecho cambiar. Tú has guardado silencio todo este tiempo con este problema en mi vida, así que déjame morir”. Luché horas con Dios, sin poder mover un dedo, con los ojos abiertos. Hasta que me quedé dormida profundamente. Dios no permitió que me quitara la vida, porque sus planes me estaban llevando a un destino más seguro.

Con el tiempo me recuperé de la depresión sin tomar medicamentos. No volví a buscar una mujer. Me aterrorizaba la idea de sufrir, que volvieran a apuntarme y masacrarme como lo hizo la iglesia. Participaba esporádicamente en la iglesia, pero ya no tenía cargos. Tampoco me interesaban, la iglesia me sabía amargo…


Viaje a las profundidades del mundo homosexual

Mi padre quería ascender en su carrera así que pidió traslado. Esta vez nos fuimos a vivir a la capital: Santiago. Quise conocer otras iglesias, pero ya la vida cristiana no me interesaba, sentía inquietud por algo más.
Un día vi en la TV un reportaje sobre las lesbianas. Me enteré que había un programa en la radio, también que se reunían periódicamente. Tomé contacto con ellas, y por primera vez empecé a conocer a otras lesbianas. Comencé una travesía por un mundo totalmente desconocido para mí, y que me atrapó como un pulpo. Un viaje a las profundidades del mundo homosexual, una aventura que duró como 12 años.

Nos reuníamos periódicamente, todas teníamos diversas actividades, hacíamos fiestas todas las semanas. Comencé a frecuentar bares y discos gay, y mi lista de amistades empezó a crecer. En el ambiente todos son amigos. Por primera vez me sentía linda, atractiva. Me valoraban, me deseaban, querían estar conmigo. Era fascinante estar rodeada de mujeres, ir a fiestas donde podía coquetear con otras chicas: podía mirarlas, desearlas, seducirlas. Estaba embriagada de sensaciones que jamás había experimentado.

Comencé a fumar y beber mucho cuando iba a fiestas. Me hice adicta a las mujeres y las fiestas. No podía vivir sin el vértigo de las aventuras amorosas, mi mente y mi cuerpo sentían un placer similar a las drogas. Tuve muchas parejas, duraba algunos meses y rápidamente las cambiaba. Tenía mucho arrastre con ellas, siempre hubo 3 a 4 mujeres detrás de mí. Me sobraban las mujeres para ser mi pareja o acostarse conmigo. Eso me gustaba mucho, porque me sentía apreciada, querida. Levantaba mi ego. Casi siempre estaba con alguien, porque el cariño de una mujer calmaba toda la angustia, tristeza y soledad que sentía.

Llevaba unos años en el mundo gay, tenía una pareja estable y estaba cansada de mentirle a mi mamá sobre lo que pasaba en mi vida. Ella veía que ya no iba a la iglesia, y que vivía saliendo. De mi trabajo a veces me iba de fiesta y desaparecía por 3 días. Trabajaba sólo para irme de juerga.

Un día me senté con mi madre, y le dije la verdad: que estaba con una mujer. Ella lloró y quedó pasmada. Jamás pensó que le diría algo así. No me habló durante un mes, lloraba todos los días. Cuando rompió el silencio, me hablaba mal, me gritaba, me ofendía duramente. Nuestra relación de madre e hija se rompió. Ella descargó su rabia con palabras hirientes. Un día me dijo: “Desde ahora en adelante, jamás vuelvas a lavar tu ropa con la nuestra, porque no quiero que se nos pegue el SIDA”. En otra ocasión me dijo: “Prefiero mil veces cuidar a una hija leprosa que a una sidosa”. Eso gatilló la decisión de irme de la casa a vivir con mi pareja en ese momento.

Estuvimos juntas como un año, pero caí en depresión: odiaba a mi madre, quería vengarme de ella, no nos volvimos a hablar, y tuve que ir al médico para que me diera tranquilizantes. El psiquiatra me recetó muchos calmantes, así que vivía dopada, sin ganas de nada. Empecé a llevarme mal con esa pareja, y usaba frecuentemente licencias médicas para ausentarme en mi trabajo. Mis padres supieron que estaba enferma, y mi mamá me fue a ver al trabajo. Entonces me pidió que volviera a la casa. Dejé a esta mujer y volví junto a mis padres. Algo había algo cambiado en ellos, pero yo comencé a salir nuevamente a fiestas.

Probé las drogas, que gracias a Dios me hicieron muy mal. Un día fumé marihuana y me intoxiqué. ¡Creí que me iba a morir! Sentí la muerte muy fuerte. En medio del carrete lloraba y sólo le pedía perdón a Dios, y en mi volada le decía a mis amigas, que trataban de calmarme, que no le contaran nada a mi mamá. Estuve drogada casi 24 horas, Dios una vez más me libró de la muerte, porque la sobredosis de marihuana casi paralizó mi corazón. Después de eso, sólo bebía y fumaba, y consumía pastillas para la depresión.


La necesidad de dejar el mundo gay

En una aventura me metí con una mujer casada. El marido me amenazó de muerte, y tuve la seguridad que ese hombre me mataría si no dejaba esa relación. También conocí a una chica que era cristiana, alejada de la iglesia igual que yo. Comenzamos una relación que duró 4 años. Como mi pareja conocía de Dios a veces íbamos juntas a la iglesia. Ella me decía que debía perdonar a mi madre, porque a esa altura mi vida era un caos interno. Mi corazón se había vuelto de piedra, la gente ya no me importaba, sus opiniones o sentimientos. Odiaba a todo el mundo, me revelaba contra todo y hacía lo que se me daba en gana. Mi vida era ir a fiestas y beber alcohol hasta quedar inconsciente.

Por mi parte, ya no quería saber de iglesias ni nada parecido. Sentía odio por los pastores, para mí eran todos unos hipócritas, mentirosos que desde el púlpito predicaban de amor, pero cuando bajaban condenaban a sus ovejas. Mi pareja comenzó a hablarme de Dios y me leía la Biblia (qué increíbles formas tiene Dios para acercarnos a Él). Ella me contó de unos sueños con “mensajes para mí”. Al principio pensé que estaba loca, pero esos sueños comenzaron a tener sentido. Aunque ella no conocía mucho la Biblia sus sueños tenían significados espirituales, donde se entendía que Dios quería hablarme: Ella veía a un anciano, de barba y vestido de blanco, quien le decía que mi corazón estaba enfermo y frío, pero que Él me sanaría.

Es increíble lo que diré ahora, pero una noche a eso de las 3:00 AM me empezaron a llegar unos SMS al teléfono desde un número desconocido, que me hablaban del amor de Dios con pasajes de la Biblia, y donde parecía que Dios mismo me advertía de no seguir en mis pecados. Esos mensajes llegaron por varios meses, los tengo todos escritos, guardados en un cuaderno como testimonio de lo que Dios me decía por medio de su Palabra (a través de una amiga secreta que oraba por mí). Eso comenzó a derretir mi corazón, pero yo aún no estaba no con la más mínima intención de regresar a una iglesia.

Mi mamá comenzó a tener un acercamiento de amor y a orar por mi vida. Tuvo un cambio hacia mí, y le pedía a Dios que me cambiara (porque sufría mucho viendo cómo yo estaba). Un día ella recordó que años atrás una persona de la iglesia le dijo que debía orar mucho por uno de sus hijos, porque ese hijo viviría algo terrible. Sufriría mucho, pero al final Dios le daría la victoria y Dios se glorificaría. Ella entendió que ese hijo era yo, y no uno de mis hermanos. Eso le animó a orar con la promesa que Dios le había dado.

En eso yo termine con esa pareja cristiana descarriada, porque la había estado engañando con una amante durante un año, hasta que ella me descubrió y nos separamos. Yo seguí con mi vida loca, pero ya salía mucho menos, ya la Palabra de Dios estaba comenzado a afectarme. Paulatinamente mi corazón se estaba derritiendo, y comenzaba a sentir la necesidad de dejar el mundo gay del que estaba hastiada.

Estuve un buen tiempo sin pareja. Ya no quería estar en una relación, porque había sufrido mucho, llorado mucho, y porque en verdad una relación entre mujeres es tremendamente desgastante. Los celos y la dependencia emocional son terribles. La manipulación es algo latente en las relaciones lésbicas, y estaba cansada de todo eso. Aún así entraba a los chat lésbicos y conocía más mujeres. Me escribía con ellas, a veces teníamos citas (sólo para conversar, porque ya no quería tener aventuras). Me fascinaba conocer mujeres como yo, saber sobre sus vidas y cómo habían llegado al lesbianismo, lo que pasaba con sus familias. En ese tiempo era lo que me divertía, ya estaba aburrida de tanta fiesta, porque sabía que era algo vacío y sin sentido, lo había probado demasiado. Pero conocer mujeres me encantaba, esa adrenalina era una adicción.


Una luz de esperanza

Un día me escribió una mujer y empezamos a chatear frecuentemente. Ella fue sincera, me dijo que era casada con 2 hijos, pero que llevaba años viviendo con su esposo en la misma casa sin vida marital, y que ella jamás debía haberse casado porque estaba descubriendo que le gustaban las mujeres. Ella no sabía nada del mundo gay, y quería conocerme. Yo le mandé una foto y quedó encantada conmigo. Por mi parte no me interesaba, había tenido aventuras con varias mujeres casadas, eran solo problemas.

Ella insistió en que nos conociéramos. Y 3 veces la deje esperándome, porque en verdad no me interesaba. Hasta que un día resultó y quede fascinada: ella era todo lo que había soñado. Era una mujer de familia europea, con rasgos finos, suave, hermosa, encantadora, inteligente. Una mujer de mundo, y vivía en un barrio acomodado, en realidad vivía en uno de los mejores sectores de la ciudad. Ella era directora del área educación cristiana en un colegio católico, había estudiado teología. Lo más fascinante de esta mujer era su sencillez a pesar su cultura y dinero, y eso me cautivó. Comenzamos una relación que duró 3 años, me enamoré profundamente.

Creo que jamás había sentido tanto amor por alguien, jamás me había sentido tan complementada, ni sentido esa fusión casi mística, una unidad tan profunda. Mi relación con ella fue intensa, desbordante, apasionada, riesgosa. Sentí que pese a todas las dificultades que teníamos para vernos, era completamente feliz, extasiada de amor.

Queríamos vivir juntas y casarnos en Argentina. Ella logró separarse y vivir en un departamento grande con sus hijos. Yo pasaba metida en su departamento, y sus padres me odiaban. Cuando descubrieron que éramos pareja, toda su familia le hizo la guerra. Su esposo se alejó, sólo visitaba a sus hijos cada 15 días. Su hijo me quitó la palabra, yo era invisible para él. Su hija tenía un retardo mental, y sólo con ella yo era feliz.

Por ese tiempo conocí un ministerio que trabajaba con homosexuales. Fui a un seminario a Córdoba (Argentina), a un programa llamado Aguas Vivas. Estuve una semana con ellos, y logré entender el origen de mi lesbianismo. Entendí que el rechazo de mis padres había quebrado mi identidad de género. También que la falta de afecto fraterno en mi casa me había dejado con un vacío, que yo buscaba llenar con el amor de una mujer. Nunca me identifiqué con mi mamá como mujer, y nunca fui afirmada como mujer por mi papá.

Al descubrir eso ¡Sentí que se había abierto una luz de esperanza en mi vida! Había una salida, Dios podía sanarme y sacarme de todo. Pero eso quedó hasta ahí.

Empecé a participar de un grupo de terapia con otras personas homosexuales, ciertamente fue de gran ayuda pero en definitiva era yo quien no quería renunciar a mi estilo de vida (menos entonces, que había encontrado “al amor de mi vida”). Algo dentro de mí sabía que estaba en un desierto árido, y que necesitaba de esa agua viva que Jesús prometía: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, cómo dice la Escritura, de su interior correrán ríos de aguas vivas” (Juan 7:37-38).

Una noche estaba en la playa junto a mi pareja. Ella veía la TV, y yo salí de la cabaña a mirar las estrellas y fumarme un cigarrillo. Miré al cielo, y dije: “Dios, por favor ayúdame. Sácame de todo esto, dame verdadera felicidad. Perdóname de todo lo malo que hago delante de ti. Por favor, ayúdame a salir del lesbianismo, porque yo no puedo”.


Un proceso de renuncia muy duro

Sucedieron varias cosas hasta que ocurrió la completa respuesta de Dios a esta oración.

En primer lugar, Dios comenzó a hablarme, a mostrarme su amor. Me hizo ver leyendo la Biblia que el lesbianismo era un pecado delante de Él, que yo debía renunciar a todo y arrepentirme, que Él me ayudaría. Y comencé a sufrir, porque internamente estaba dividida: mi espíritu sabía que necesitaba confiar en Dios, que para Él nada era imposible, pero mi corazón se negaba a renunciar.

Con mi pareja comenzamos a tener largas conversaciones, a discutir sobre teología y lo que yo estaba sintiendo. La última fiesta que pasamos juntas fue un Año Nuevo, junto a sus hijos. Cuando nos dimos los abrazos, me acerqué a su hijo mayor, quien me recibió con mucha frialdad. Fue seco, como abrazar un árbol, no movió un musculo. No habló nada, y eso me impactó. Después de casi 3 años junto a su mamá, él aun demostraba su abierto rechazo hacia mí. Sentí angustia, tuve miedo, pena y mucha culpa, de pensar que un día iba a morir y tendría que dar cuentas a Dios por el daño que causado a ese niño y a toda una familia. Yo era culpable de esa separación. Era culpable de que los padres de mi pareja ya no le hablaran. En el colegio católico donde trabajaba ella sospechaban de su condición, y era posible que la despidieran. Su esposo quería demandarla y quitarles a sus hijos. Fugarnos del país con los niños iba a ser aún más perjudicial.

Entonces sentí que Dios me decía: “Así como Abraham llevó a su hijo al monte, donde le pedí sacrificarlo para probar su fidelidad hacia mí, así también te pido que sacrifiques este amor, por amor a mí. Ten fe, déjala porque yo te ayudaré. Yo comenzaré a hacer un milagro en tu vida”.

Con el dolor de mi alma decidí dejarla. Ella casi se muere cuando le conté. Le dije que ella corría peligro, que podía perderlo todo, en cambio yo no perdería nada. “Por amor a ti, te dejo. Tal vez algún día lo comprenderás. No puedo más con el peso de culpa, de saber que tu vida se puede desmoronar en un segundo, y terminarás odiándome porque yo seré la culpable de tus desgracias, y no quiero eso”, le dije.

Nos alejamos,  no la volví a ver (hasta muchos años después). Fue desgarrador, tan agónico. Eso me llevó a tomar consejería con una hermana, que fue mi mentora cristiana y me ayudó mucho en el camino. Quería volver a congregarme y llegué a la iglesia donde participo actualmente.

Empecé un proceso de renuncia muy duro: alejarme de muchas personas, deshacerme de objetos, cambiar de número celular. Una parte de mí quería volver con ella. Le envié un par de mensajes, y me respondió cortante: “Déjame tranquila porque estoy feliz con otra pareja”. Fue un golpe muy fuerte a mi orgullo


Estar pecando deliberadamente

Seguía congregándome, pero siempre en mi mente pensaba que podría volver a tener un desliz. Pensaba, nadie lo va a saber. Lo importante (según yo) era ir a la iglesia y orar con sinceridad.

Un día conocí a una chica y me metí con ella, consciente de estar pecando deliberadamente. No tenía excusas, volví atrás. Dejé la iglesia y comencé una relación profunda con ella, pero con culpas, muchas culpas, que no me dejaban vivir.

Tuve una serie de sueños que me dejaron perturbada.

Una noche durmiendo en la casa de esta mujer, soñé que la habitación estaba llena de lápidas. Aparecía una mujer con sombrero negro, que me aterrorizaba. Desperté desesperada. Miré toda la pieza, y sentía como si la muerte estuviera ahí.

Al día siguiente, soñé que un perro grande me perseguía por una casa vieja de madera, tratando de atacarme y morderme. Yo corría por toda la casa tratando de zafarme del perro, y de pronto me subí a un mueble alto, pero el perro saltaba para alcanzarme. Desperté casi ahogada del miedo, pero esto era apenas una advertencia de lo me pasó después, una experiencia que cambiaría mi vida para siempre.

Unas noches después sentí que me desvanecía y bajaba a un lugar, como a otra dimensión. Tuve miedo, no lograba entender lo que me estaba pasando. Llamé a mi pareja y ella me dijo que me calmara, sólo eran ideas mías, y que dejara de lado las culpas.

Luego sucedió algo inesperado, algo casi irreal. Me acosté, pasada la medianoche. De pronto me desvanecí nuevamente. Comencé a sentir terror, un miedo inexplicable. Y tuve una visión: yo estaba en el infierno. No sé cómo explicarlo, fue sobrenatural, me ocurrió. Yo (mi cuerpo) seguía acostada, pero en el infierno. Al fondo de esa oscuridad vi mucha gente en una especie de mar de petróleo, quemándose, moviendo sus bocas, gritando. No se escuchaba nada, apenas veía los gestos de horror en sus caras.

En ese momento entendí que esas personas eran los que habían rechazado a Dios, los que no quisieron abandonar sus prácticas abominables, ni se habían arrepentido verdaderamente de sus pecados. Habían amado pecar, aunque Dios les habló y mostró su misericordia de diferentes formas, sin hacer caso de sus advertencias.

Y me quede ahí sola. Mi conciencia me decía: “Mira, las veces que Dios te habló, y no escuchaste. Las veces que sabías que algo era pecado, y lo hacías igual. Las veces que pudiste rechazar el pecado, y lo hiciste con alevosía”. Y yo le decía a mi conciencia que se callara. Sólo había una palabra que repetía a cada rato: “Perdóname, Señor. Dame una oportunidad más, por favor. Déjame salir de acá. No me dejes aquí, y te serviré”.

Finalmente pude levantarme de la cama, desesperada. Fui al baño, y al verme en el espejo me asusté: mi cara, blanca, ojerosa, con expresión de horror, era la de un cadáver. No volví a mirar, porque me impresionó. Tomé un vaso de agua, mi garganta estaba seca, pero el agua se desvanecía en segundos, como sí un fuego interno la consumiera rápidamente.


Una oración de liberación

Estuve así por varias horas, mis 5 sentidos estaban agudos, despiertos como nunca antes, y mi conciencia me acusaba de todos mis pecados. Mi vida pasaba en una película una y otra vez, la angustia aumentaba con el paso de las horas. Sentí que me estaba volviendo loca.

Me di cuenta que había perdido mi tiempo en cosas sin sentido, en necedades, que le di importancia a tonterías, y que merecía la justa condenación de Dios. No tenía excusas delante de Él, no podía exigirle nada porque yo era culpable, por mi rebelión, mis mentiras, mi doble vida (Romanos 1:18-32). En ese momento pensé que había sido desechada por Dios, y que no habría una segunda oportunidad.

Creo que ni el mejor director de cine podría recrear con efectos especiales lo que se siente visualizar una dimensión sobrenatural como esa, y que me pareció tan aterradora.

En eso amaneció. Apenas podía hablar. Llamé a una hermana, le pedí que nos viéramos. Me bañé y me arreglé para salir.

Cuando llegué le conté lo que me había sucedido y le pedí que por favor orara por mí. Ella hizo una oración de liberación, para que yo saliera de la esclavitud a los pecados sexuales. Mientras ella oraba mi estómago comenzó a retorcerse, sentí tanto dolor que casi me desmayé. Llorando le dije a Dios que me perdonara por haber llevado mi vida entera tan neciamente.

Por primera vez me arrepentí sinceramente desde el fondo de mi alma. Le pedí perdón al Señor por la práctica del lesbianismo, reconocí que eso era pecado delante de Él, que yo había llevado una vida distorsionada y contraria a Su propósito original. Le dije que renunciaba a todo, y que por favor me diera una nueva oportunidad para servirle fielmente.

Recién en ese momento me abandonó la sensación de estar atrapada en el infierno. Mi cuerpo se estabilizó, el dolor se marchó, el miedo desapareció, el terror se volvió una paz infinita, por fin pude respirar como nunca antes. Fue extraordinario sentir que estaba completa, con mi alma y cuerpo en este mundo físico. Lloré de alegría por la nueva oportunidad que Dios me había dado.


No volvería a elegir esa vida

Desde ese momento mi vida tuvo un cambio de 180 grados. Fui libre del lesbianismo, de toda distorsión en mi mente y emociones. La culpa cesó, antes vivía sintiendo culpa por todo, desde ese día me sentí libre, el Señor me renovó por completo.

También hubo en mí una decisión de cambiar, seguir al Señor en fidelidad, en santidad, y obediencia total. Eso ha sido clave para permanecer firme, sin ceder ni volver a caer. Dios me fue guiando en todo, me alejó de personas que podían ser de tropiezo. Eliminé fotos, objetos, contactos. Cambié hábitos dañinos, me despojé de creencias erróneas. Cambié mi forma de vestir ambigua, he renovado 4 veces mi closet completo.

Tengo la seguridad de que jamás regresaré al lesbianismo.

Primeramente porque ahora, cuando miro una mujer, hay una diferencia abismal en cómo antes me afectaba emocional y físicamente. Todos nosotros estamos propensos a caer en cualquier pecado, por eso la Biblia dice: “El que crea estar firme, mire que no caiga” (1 Corintios 10:12), pero yo fui liberada. Cuido lo que hablo, lo que miro, lo que leo, y lo que escucho. Me ocupo en mi salvación “con temor a Dios” (2 Corintios 7:15), yo siento ese temor reverente a Dios. No me permito que algo de mi pasado me contamine. Ahora mis ojos son santos, palpo a Dios en mi vida. He visto tantos milagros en mí, cómo Dios me ha transformado, no podría botar a la basura esos regalos de sanidad que sólo Dios me da.

En segundo lugar regresar a mi pasado sería una locura: “Como un perro volviendo a su vómito o la puerca lavada al charco de lodo” (2 Pedro 2:22). Conozco la diferencia después de haber estado 12 años metida con todo en el lesbianismo. Yo racionalmente no volvería a elegir esa vida, porque sufrí mucho. Fui muy dañada, muy decepcionada, vi tantas cosas terribles, tanta maldad. Esas relaciones tan tortuosas con otras mujeres. Algunas veces fui feliz, eran momentos, pero en realidad vivía una aparente felicidad, en el fondo sufrí mucho. La paz que tengo ahora no la cambio, aunque me ofrecieran las mejores cosas, no regresaría. La vida que llevo ahora, tranquila, en paz con mi conciencia, no lo cambiaría por nada del mundo.

Y finalmente, y lo más importante: yo ahora amo a Dios, con todo mi corazón. Él tuvo tanta misericordia de mí que su amor me sedujo. Me ha mostrado tanta paciencia, he visto todo lo que Él me ha perdonado. Y pese a todas mis imperfecciones yo verdaderamente lo amo, y por ese amor no hago nada que a Él le pueda ofender. Obviamente todos los días pecamos, pero hacer algo a propósito contra su voluntad, no.


Evidencia de una sanidad interior

Dios ha sido fiel, me ha fortalecido, me ha devuelto lo que el diablo me robó. En un retiro el Señor me habló sobre la maternidad. Cuando tenía 15 años maldije mi vientre, dije: “Jamás voy a tener un hijo porque jamás tendré relaciones con un hombre”. Dios me hizo recordar eso, y pedí perdón al Señor por hablar de esa manera. Oraron por mí, Dios me liberó y desde ese día comencé a sentir amor por los niños. Antes era fría con ellos, no me conmovían los bebes, me daban lo mismo. Mi vientre comenzó a vivir y comencé a disfrutar a los niños.

Meses después mi cuñada quedó embarazada, y Dios me regaló una sobrina bella que amo profundamente. Es como la hija que siempre soñé tener: una pequeña que se abraza a mi cuello y me dice que me ama. Eso es un regalo del Cielo. Soy feliz sintiendo que mi maternidad fue sanada, no me angustia el saber que no tendré hijos, soy feliz porque mi vientre es sano.

Ahora puedo decir que me amo de verdad. Amo mirarme al espejo, me siento más femenina, amo ser mujer, amo cuidarme lo más posible. Todo eso es evidencia de una sanidad interior. Ya no temo lo que los demás dirán como antes. Siento que puedo amar a las mujeres en libertad, puedo abrazarlas, hacerles cariño, hasta decirles un cumplido y que se ven hermosas, sin sentir culpa o vergüenza, me siento libre de poder expresarme con las mujeres.

He aprendido a dar sin esperar nada. Descubrí que entre más entrego, más recibo. Doy en todo sentido de la palabra y eso me hace feliz.

Dios también comenzó a trabajar en el perdón y sanidad en relación con mis padres. Fue difícil (más con mi papá que con mi mamá), pero ha sido un proceso hermoso. Sigue siendo difícil, pero se puede. Ha sido toda una escuela volver a vivir con ellos, lidiar con sus caracteres y el mío. He aprendido a bajar la cabeza, a ser humilde, a honrarlos y bendecirlos.

Diariamente me repito: “Gracias Dios”. No puedo dejar de agradecerle por esta nueva oportunidad, por tanta misericordia derramada sobre mi vida y familia, por liberarme de las opresiones del enemigo, por sanar tantas áreas en mi vida que estaban en ruinas.

Esto ocurrió en mi vida, y siento que Dios me ha llamado a trabajar en sanidad en los corazones de muchas mujeres (Isaías 61:1-11).


Conclusión

Es primera vez que comparto mi testimonio así tan públicamente. Hay muchos detalles que no vale la pena mencionar, y que omití porque son experiencias muy personales. Habrá algunos que me podrán cuestionar, gente que se sentirá identificado/a. Lo central es que Dios nos habla de muchas maneras para volvernos hacia Él, y por sobre todo por medio de la Biblia. En ningún momento quiero hacer doctrina de lo que me pasó, ni espero que alguien se distraiga de lo fundamental, que es la Palabra de Dios: el pecado es real, el infierno es real, pero el amor de Dios en Cristo Jesús es más poderoso (Romanos 8:35-39). No esperes pasar lo que yo viví para entender que también necesitas de la Sangre de Cristo que limpia todo pecado (1 Juan 1:7).

Si eres homosexual y sientes que todo está bien con tu vida, que no deseas cambiar, respeto tu decisión. Todo en la vida es una decisión. Y simplemente llegó un momento cuando yo decidí que ya no quería seguir más en esa vida, que no me acomodaba, no me satisfacía, y por eso decidí hacer un cambio. No te juzgo. Tampoco quiero que este testimonio se preste para que la gente me siente un taburete para juzgarme a mí. Sólo quiero que sirva para entender que incluso algunos de nuestros hermanos en Cristo, más cerca de lo que imaginas, luchan con este pecado.

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