TOMADO DEL LIBRO :EL SEXO, MIS DESEOS Y MI DIOS

Un rabino y su joven discípulo estaban sentados uno al lado del otro bajo la sombra de un enorme roble.

—Ayúdame, rabí —pidió el estudiante—. Soy un hombre de doble ánimo. La ley del Señor me dice: «El Señor es mi Pastor y nada me faltará». Sin embargo, ah, ¡cuántas cosas deseo!

El rostro del rabino mostró un vestigio de sonrisa, pero permaneció callado

.—Además, rabí —continuó el joven—. La ley del Señor me dice que mi alma solo encuentra descanso en él. No obstante, cielos, ¡cómo mi alma encuentra descanso en todo lo demás!

La cara del rabino reveló el mismo vestigio de sonrisa, pero permaneció en silencio.

—Y rabí —añadió el alumno—. El hombre conforme al corazón de Dios nos dice que solo pidamos y busquemos una cosa: contemplar la hermosura del Señor y buscarlo en su templo. Sin embargo, mi corazón va tras muchas cosas.

Entonces el joven bajó la voz hasta convertirse en un susurro.

—Y la hermosura a la que miro en secreto me produce vergüenza. ¿Cómo voy a llegar a ser un hombre conforme al corazón de Dios siendo tan infiel?

Con esto el rabino se despojó de toda reserva y comenzó a reír, con un brillo en los ojos.

—Hijo mío —respondió—. Escucha la historia que voy a contarte. Hace mucho tiempo una alondra volaba por sobre la agrietada y desolada tierra del desierto. Eran tiempos difíciles para todos los seres vivos, y a una criatura del aire no le era fácil hallar lombrices. Aun así, la alondra entonaba día tras día una bonita canción mientras buscaba su porción diaria. Con cada día que pasaba se hacía más complicado hallar comida. En medio del hambre aumentó la ansiedad, y en su inquietud el ave olvidó cómo cantar.

El rabino hizo una leve pausa, secó el sudor de una ceja, y exhaló profundamente. El estudiante se sentó atento al borde de la silla, pero se preguntó qué tenía que ver esta historia con convertirse en un hombre conforme al corazón de Dios.

—Un día la alondra oyó una voz desconocida —siguió hablando el hombre en un susurro—. Era la voz de un vendedor ambulante, y el ave no podía creer lo que el mercader parecía estar vendiendo. «¡Lombrices! ¡Lombrices! ¡Apetitosas lombrices! —exclamó el vendedor—. ¡Acércate ahora mismo y adquiere hoy tus deliciosas lombrices!». Incrédula ante esta repentina buena suerte, la alondra saltó más cerca del mercader, acercándose a este maná del cielo.»

¡Lombrices frescas! ¡Dos lombrices por una pluma!» —voceó el vendedor. A la mención de lombrices, la alondra sintió una punzada de hambre, y de pronto entendió. Mis plumas son muchas, pensó, imaginando el sabor de las lombrices en el pico. Sin duda noextrañaré dos pequeñas plumas. Por tanto, incapaz de resistir por más tiempo, el ave se arrancó dos de sus plumas más pequeñas y se las entregó al vendedor, quien, sin saberlo la alondra, era el demonio disfrazado.»

Según se le prometió, la avecilla obtuvo su porción de las lombrices más gordas y jugosas que había visto. ¡Y todo sin necesidad de escarbar y arañar el duro suelo! Así que la alondra agarró cuatro relucientes lombrices y se las tragó. Tan pequeño sacrificio, pero tan grande recompensa, se dijo. Dos pequeñas plumas no es una preocupación para mí. Con el estómago lleno, la alondra dio un paso en su elevada posición y comenzó a remontarse. Cuando lo hizo, comenzó a cantar otra vez.

»Al día siguiente el ave voló y cantó hasta que se encontró una vez más con el vendedor, quien igual que antes ofrecía dos lombrices por una pluma. Así que la alondra festejó con las deliciosas lombrices hasta quedar satisfecha. Así ocurrió día tras día. Los tiempos seguían siendo duros para todos los seres vivos, y las lombrices seguían siendo difíciles de conseguir para las criaturas del aire.

»Un día, después de consumir las lombrices, la alondra intentó tomar vuelo. En lugar de remontarse, se desplomó a tierra con un ruido sordo. Atónita pero agradecida por estar viva comprendió que ya no tenía más plumas. Desde luego, ya no podía volar».

El rabino hizo una pausa tan larga que el discípulo creyó que la narración había finalizado. Respondió a su maestro afirmando que reflexionaría en el significado de la historia.

—Ah, pero el relato continúa —manifestó el maestro sentándose y volviendo a exhalar profundamente—. Una vez que la alondra entendió que había entregado todas sus plumas y que no podía volar, recobró la sensatez. Desesperada brincó y trastabilló por el desierto, recogiendo lombrices. Una pequeña lombriz por aquí, otra pequeña por allá. Después de varios días de esfuerzo y trabajo duro el ave obtuvo un pequeño montón de lombrices y regresó donde el vendedor. Aquí hay suficientes lombrices para cambiarlas por mis plumas… las necesito de vuelta.

»El diablo, sin embargo, solo rió y expresó: “¡No puedes volver a tener tus plumas! Obtuviste tus lombrices, y yo he conseguido tus plumas. Y después de todo, ¡trato es trato!” Con eso desapareció en el aire».

Cuando el rabino terminó de hablar, el joven aprendiz notó una lágrima que bajaba por la mejilla del maestro.

—Rabí, ¿por qué la lágrima? —inquirió el discípulo.—El corazón de Dios se entristece cuando renunciamos a nuestras plumas por unas cuantas lombrices —respondió el rabino—. Pero su corazón se entristece aun más cuando intentamos volver a comprar nuestras plumas. Porque solamente él puede restaurarlas.

—Rabí —volvió a indagar el joven después de un prolongado silencio—. ¿Por qué reías antes de contarme la historia?

—Reía de gozo porque he visto tu corazón —contestó el rabino volviéndose; sus húmedos ojos estaban centelleantes otra vez—. En tu corazón hay una canción. Y con tu corazón aprenderás a volar.


Tú y yo fuimos creados para volar. Pero algo ha salido terriblemente mal. Nuestros antiguos antepasados Adán y Eva fueron engañados por una serpiente y perdieron el paraíso al lado de Dios. La alondra fue engañada por un vendedor ambulante y perdió su habilidad de volar. Adán y Eva perdieron su inocencia y se cubrieron con hojas de higuera. La alondra perdió sus plumas e intentó volver a comprarlas. En mi tipo de trabajo casi no pasa un día en que no oiga una historia acerca de un hombre que ha perdido sus plumas a cambio de pornografía.

Aunque las plumas no son literales, las pérdidas son devastadoras. Los hombres pierden confianza, reputación y respeto por sí mismos. Pierden matrimonios u otras relaciones. Pierden empleos, ministerios y profesiones. Pierden fuerzas, propósito y libertad. Además, esos hombres pierden el yo externo y la identidad pública que se esfuerzan tanto por establecer y conservar. Después de un aterrizaje forzoso desde sus propias implosiones internas, quedan tirados en el suelo.

Por supuesto, cuando experimentamos tales pérdidas también afectamos a esposas, hijos, amigos, congregaciones y comunidades. Todo el mundo pierde cuando de pornografía se trata. Es tentador pensar que no hay nada malo con un hábito pornográfico, y que nadie sale herido. Creemos estar protegiendo a nuestras esposas al no contarles el problema. Creemos estar aportándonos algunos minutos de vacaciones de la variedad de factores estresantes de nuestra época. Por mucho que justifiquemos o racionalicemos el asunto, en dos décadas de consejería ningún individuo me ha dicho que la pornografía lo convirtió en mejor hombre, esposo, padre, empleado, ministro o amigo.

En medio de sus historias de pérdidas, regularmente oigo a hombres decir dos cosas. Primera: «Estoy cansado de lo poco que ofrece la pornografía». A pesar de nuestra atracción dada por Dios hacia la forma femenina y de nuestra propensión hacia la estimulación visual, la pornografía nos deja vacíos. Estamos cansados del uso, del engaño, del ocultamiento, y del daño a nuestras almas. Principalmente estamos cansados de buscar compulsivamente algo que promete tanto pero que entrega tan poco. Es como despertar una mañana de Navidad día tras día, ansiosos por abrir el regalo con que hemos soñado todo el año, solo para descubrir una caja vacía debajo de la colorida envoltura y el moño.

El segundo comentario que oigo a los hombres es: «Estoy cansado de la interminable batalla con la lujuria». Una lucha que muy a menudo conduce a la derrota. Copiando de las instrucciones en el envase de champú, lo llamo el ciclo «enjabonar, enjuagar, repetir». Primero, el asunto empieza con quedar limpios… con verdadero remordimiento y arrepentimiento sincero. Prometemos a Dios que no volveremos a ir allá. Luego, por motivos que no comprendemos de veras, volvemos a ir allá. Finalmente, cuando nuestra vergüenza nos abruma, o quizás al ser descubiertos, nos volvemos a limpiar. Pero esta vez le contamos a alguien y hallamos un mentor. Por último nos comprometemos a seguir una nueva estrategia, redoblando nuestros esfuerzos, tratando incluso de ser más firmes, revisando el asunto más a menudo con nuestro mentor, y quizás leyendo más la Biblia. Eso es enjabonar, enjuagar, repetir… con el énfasis en repetir. Y lo más triste de este ciclo es que la mayoría de hombres no ven alternativa. Aparentemente estamos estancados con dos decisiones: suprimir nuestras pasiones o darnos por vencidos y gratificarlas. Sabemos en nuestros corazones que la pornografía no es lo mejor de Dios para nuestras vidas. Pero al fervor del momento parece como si no hubiera nada mejor que la porno. Necesitamos desesperadamente otra manera de vivir.

El evangelio (las buenas nuevas vivificantes de Jesucristo) nos presenta otro camino. Sin embargo, ¿por qué no logramos ver la relación entre nuestras luchas con la pornografía y la promesa de libertad que Jesús ofrece? Creemos que el evangelio puede hacernos libres, pero no tenemos idea de cómo puede suceder esto. Creemos que todo lo podemos por medio de Cristo que nos fortalece, pero con demasiada frecuencia esto equivale a que Jesús nos ayuda a flexionar nuestros músculos morales mientras trabajamos en equipo a fin de echar por tierra el problema. Para la mayoría de hombres que intentan seguir a Jesús, relacionar el poder de la gracia de Dios con la lujuria y la pornografía sigue siendo un misterio.

Extraido de El Sexo, mis deseos y mi Dios

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