Ya conoces el escenario: la habitación está vacía. Estás solo. Miras hacia tu laptop doblada, que está inactiva sobre el escritorio, y el impulso de liberación sexual que se ha intensificado todo el día hace colisión con la seductora idea de volver a disfrutar de la pornografía una vez más.

Piensas: “Sé que es pecado, sé que después me sentiré horrible, sé que la satisfacción no durará”. Y sin embargo, con frecuencia el escenario termina contigo encendiendo la computadora, escribiendo la URL de un sitio web, y participando de nuevo en la oscura experiencia de la pornografía.

Habiendo vivido ese escenario muchas veces y caminado con hombres que experimentan eso semanalmente, incluso diariamente, la pregunta que debemos hacernos es: “¿Por qué nuestra convicción de pecado, nuestro conocimiento de la Escritura, y nuestro gozo en el evangelio no fue suficiente para evitar que consciente y activamente pequemos contra Dios otra vez?”.

Por qué caemos

Los pecados de la lujuria, el uso de la pornografía y la masturbación, son ante todo problemas de adoración. Es decir, no vemos el sexo y la satisfacción de manera correcta porque no vemos a Dios ni la gloria de Dios correctamente. Por lo tanto, cuando surge la tentación, Dios a menudo parece ser un observador distante simplemente mirando y esperando para ver si cedemos. Su presencia es como la de un entrenador viendo cómo su defensa responde al ataque del otro equipo.

La pureza no es únicamente un llamado a negarse a uno mismo. Es un llamado al placentero y abrumador deleite en Jesús.

Y es por eso que caemos.

Vemos pornografía solo cuando fallamos en ver la bondad y la gloria de Dios en sus acciones a cada momento hacia nosotros y para nosotros. Elegimos pecar solo cuando nos cegamos a lo que Dios está haciendo en nosotros y para nosotros en el momento en que elegimos pecar.

El Dios del tiempo pasado

El erudito del Nuevo Testamento Leon Morris escribe: “El hombre que lleva a cabo un acto de impureza y lujuria no está simplemente rompiendo un código humano, ni siquiera pecando contra el Dios que en algún momento en el pasado le dio el don del Espíritu. Él está pecando contra el Dios que está presente en ese momento, contra aquel que continuamente da el Espíritu. El acto impuro es un acto de malicia contra el buen obsequio de Dios en el mismo momento en que es ofrecido” (Morris, 128).

Cuando pecamos contra Dios, mordemos la mano que en ese momento nos alimenta con la comida que tanto anhelamos. Cuando nos rebelamos contra Cristo, golpeamos al médico que está en ese mismo momento administrándonos la medicina que nos mantendrá vivos.

No es difícil pecar contra el Dios del tiempo pasado. Si nuestro entendimiento de la gloria de Dios en Cristo Jesús es solo que Cristo vino a la tierra por nosotros, murió para hacer expiación por nuestros pecados, y resucitó y ascendió al lugar de mayor honor, podemos fácilmente dejar de lado esa buena noticia cuando nuestro deseo de pecado se vuelve más grande que nuestro gozo en lo que Dios hizo hace dos mil años.

Sin duda, no podemos ir más allá, y nunca iremos más allá de la siempre gloriosa historia del evangelio de la cruz. Sin embargo, lo que hace que la historia del evangelio sea gloriosa es que la historia trasciende el tiempo. La cruz sucedió en el pasado, pero no pudo quedarse allí, y así como el sol en la mañana, la cruz ha atravesado el espacio y tiempo con una intensidad infinita, y trajo vida y gloria a este mismo momento y para siempre.

Adoro absolutamente a mi esposa. La amo y la celebro no solo porque ella me amó hace cuatro años, el día de nuestra boda, cuando ella entró en el pacto de matrimonio conmigo. La valoro y disfruto por todo lo que ella es en este momento presente: una colaboradora del evangelio, una mamá que sirve, una discipuladora radical, y una humilde adoradora de Cristo. Mi alegría en mi esposa no terminó el día de nuestra boda; en muchos sentidos, comenzó allí. De la misma manera, nuestro gozo en Jesús no debe detenerse en la cruz; más bien, debemos ver cómo la historia del evangelio afecta aquí, ahora, y para siempre.

El Dios del tiempo presente

La única arma que tenemos para vencer a la bestia de la pornografía no es la alegría en algosino en alguien mayor: Jesucristo. La estrategia de batalla contra la pornografía es hacer todo lo posible para disfrutar a Jesús más de lo que posiblemente podrías disfrutar de la pornografía.

La estrategia de batalla contra la pornografía es hacer todo lo posible para disfrutar a Jesús más de lo que posiblemente podrías disfrutar de la pornografía. 

Tú que estás cansado, esto es lo que Jesús está haciendo ahora en tu momento de mayor tentación.

En el momento de la tentación:

  • Jesús te está amando (Ap. 1:5b).
  • Jesús te está representando (He. 9:24).
  • Jesús se está compadeciendo de tu flaqueza (He. 4:15).
  • Jesús está proveyéndote una vía de escape (1 Co. 10:13).
  • Jesús está intercediendo y defendiendo tu caso ante el Padre (1 Jn. 2:1-2).
  • Jesús está gobernando y reinando en completo poder soberano sobre tu tentación (Lc. 22:69He. 8:1-2).
  • Jesús te sostiene a ti y al universo entero por su palabra (He. 1:3).
  • Jesús te está confirmando para que puedas permanecer fiel hasta el fin (1 Co. 1:8).

Qué hace Jesús cuando eres tentado

La victoria sobre la pornografía no es un llamado simplemente a negarse a uno mismo, sino un llamado a la satisfacción completa en la persona y obra de Jesucristo.

La próxima vez que las lúgubres nubes de lujuria se apoderen de tu habitación, concéntrate en lo que Jesús está haciendo en ti y para ti en ese mismo momento. Pon tu mente en las cosas de Cristo (Ro. 8:5-6Col. 3:2), y que tu gozo en Jesús se vuelva tan llenador, tan gratificante, y tan satisfactorio que haga perder el triste y falso placer de la pornografía

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN DESIRING GOD. TRADUCIDO POR IVÁN DÍAZ. Tomado de coalicion por el evangelio.

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