Fue poco después de la II Guerra Mundial que me tropecé con la demanda de poner punto final al juego de béisbol que practicaban unos niños de escuela primaria. Era demasiado competitivo, decían algunas mujeres liberales enfadadas; era demasiado individualista, se quejaban, y un chico al bate, o tratando de capturar una bola que venía cayendo, era demasiada responsabilidad, aislada y concentrada, colocada sobre sus hombros. Tal juego, se decía, podría tener consecuencias traumáticas. Las mujeres también estaban en contra del perder; decían que la derrota podía ser peligrosa para algunos niños.

No se detenían a pensar que no puede haber victoria donde no hay posibilidad de derrota. Tampoco no se les ocurría que mientras más competitivo es un juego de grupo, más cooperación exige para ganarlo. En cuanto a los efectos traumáticos, es cierto que la derrota puede ser traumática para algunos, pero eliminar la posibilidad de la victoria es verdaderamente fatal.

Es verdad que el temor a la derrota puede ser traumático para un cobarde, ¿pero por qué estimular al cobarde en todos nosotros eliminando los riesgos? La vida libre de riesgos es una vida libre de victorias. Significa un rendirse de por vida a la derrota, y nada puede ser más mortal para el hombre y la sociedad.

La búsqueda lujuriosa de una vida libre de riesgos se encuentra alrededor de todos nosotros. Gobierna la política por todo el mundo. Su lógica conduce al mundo del Marxismo, donde la extirpación de los riesgos del fracaso para algunos significa el fracaso para todos. Una economía garantizada contra el fracaso es una economía asegurada contra el éxito.

Con demasiada frecuencia los hombres hoy quieren comenzar con el éxito garantizado, no con los riesgos. Como resultado tenemos una evidencia creciente de éxitos fraudulentos, i.e., abuso de información privilegiada, capitales inflados artificialmente, y mucho, mucho más. La meta en todas estas actividades deshonestas es el éxito sin riesgo.

Sin embargo, la vida libre de riesgos es una mortal ilusión. La libertad siempre implica riesgos. Elimine los riesgos de la libertad y de ese modo establece Ud. la esclavitud y la derrota. ¡Pero todavía no se elimina el riesgo! Si se eliminan los riesgos de la libertad, se aseguran los riesgos de la tiranía. Los campos de trabajo forzado representan un riesgo más alto en la U.R.S.S. que lo que representan los riesgos en una sociedad libre. Pero esto no es todo.

La inteligencia militar Soviética, la GRU, por ejemplo, tiene un alto factor de riesgo para asegurar su desempeño. Cualquiera que entre a la GRU sabe desde el principio que, si desobedece o fracasa incluso en formas menores, será incinerado vivo como castigo. (Viktor Suvorov: Dentro del Acuario, pp. 2f., 93, 162, 190, 233, 237, 239f. New York, NY: MacMillian, 1986). En cualquier aspecto de la “vida libre de riesgos” en la Unión Soviética, los riesgos de la esclavitud palidecen en comparación con aquellos riesgos que requiere la libertad.

Desgraciadamente, a través del mundo Occidental, los riesgos de la libertad son sumamente impopulares. No es un accidente que a capitalistas y sindicatos por igual les gusten los monopolios y los subsidios: le temen a los riesgos. En estado tras estado de los Estados Unidos, el proceso eleccionario distrital por parte de Republicanos y Demócratas sirve para asegurar su control de la maquinaria política y para eliminar los riesgos de la derrota.

En cualquier esfera de acción, aquellos que se hallan en el poder son los más opuestos al riesgo, porque puede provocar la derrota de ellos. La clase dirigente usa su poder para reducir el riesgo para sí misma como un paso necesario para retener el poder. Después de todo, ¡las revoluciones son hechas por aquellos que se hallan fuera del poder y que están buscándolo!

Pero hay más, mucho más. Aquellos que tienen más que perder son los menos propensos a los riesgos y a las acciones audaces. Recuerde que el trabajo audaz, emprendedor e innovador que llevó al nacimiento de las computadoras vino de jóvenes que se hallaban fuera de los círculos establecidos. La mayor parte de la acción empresarial audaz de la posguerra ha venido por parte de los recién llegados. Las mayores corporaciones han decaído o se han estancado, y sus “ganancias” han resultado de comprar la parte de los hombres nuevos. Los banqueros favorecen tales empréstitos, porque los bancos generalmente invierten en los éxitos establecidos, lo que significa que los bancos invierten en el pasado.

Hoy, en los Estados Unidos, y en todas partes, las mayores fuerzas políticas están conformadas de hombres poderosos y bien establecidos. Estos son los hombres que tienen más que perder y, por lo tanto, los que menos se aventuran aparte del dinero. Dado el sistema constituido liberal de los Estados Unidos, no sorprende que los Demócratas dispongan de los hombres más acaudalados en sus filas. El número de hombres ricos dispuestos a ponerse en riesgo agitando la ira de los aspirantes al poder es muy poco, y se hallan bajo ataque. El poder siempre atrae el apoyo del más fuerte.

Sin embargo, los Republicanos no son diferentes; el poder está siempre interesado en el poder, no en el riesgo. Los conservadores también juegan el mismo juego. Con el propósito de crear un movimiento que convenza al país de su causa, los conservadores crean grupos de hombres poderosos, y de ese modo se condenan a sí mismos a la impotencia, porque han creado una alianza, concilio u organización de hombres que tienen demasiado que perder para ser audaces. El resultado es la esterilidad, y tales grupos de tornan tan eficaces en la escena nacional como un grupo de costura formado por señoras.

No fue un accidente que el mayor impacto político y social de los años recientes proviniera de los movimientos estudiantiles. Estos grupos de estudiantes fueron algunas veces caóticos, desorganizados y altamente imprudentes, pero su impacto total fue extraordinariamente grande. Tenían poco que perder y por lo tanto estaban dispuestos a perderlo. Para ellos sus causas eran mucho más importantes que cualquier penalidad que los riesgos implicaran.

En los Estados Unidos, desde la Rebelión Dorr y la Rebelión del Whisky hasta el presente, los que han asumido riesgos comúnmente han sido imprudentes y han mostrado un talento para cortejar la derrota. Por otro lado, los grupos de poder establecidos han ido de manera uniforme a la deriva hacia los desastres debido a que todos sus esfuerzos han sido orientados a mantener el poder, no hacia crear una sociedad armoniosa.

Por otro lado, los hombres como Cassius, hombres de envidia, odio y enemistad, han derrocado por medio de la revolución a sus odiados traficantes del poder, solo para volverse instrumentos mucho peores de poder. Han asumido riesgos, pero solamente para fines malvados.

Por lo tanto es importante examinar las plenas implicaciones de un mundo libre de riesgos. Los riesgos son ineludibles, y enfrentamos ya sea los riesgos de la libertad, o los riesgos de la tiranía. Pero los riesgos descansan en un orden del mundo que se halla más allá del hombre y de la sociedad. Nacemos en un mundo de riesgos, porque enfrentamos el riesgo de la muerte desde el momento de nuestro nacimiento. Los hombres puede que lo imaginen, pero no pueden eliminar de este mundo el riesgo de la muerte.

Esto no es todo. Está también el hecho del riesgo moral. Desde el Primer Día de la creación el hombre se ha enfrentado al riesgo moral y a la muerte, si comía del fruto prohibido (Gén. 2:17). El riesgo estaba incorporado en el paraíso, y ciertamente forma una buena parte de nuestro mundo caído.

El sueño de un mundo libre de riesgos es imaginar una creación sin infierno, y también sin cielo. Significa la negación de cualquier antítesis moral en la creación. Si no hay ni bien ni mal en el universo, entonces no puede haber ni cielo ni infierno. Esto implica negar la realidad de la justicia. La justicia descansa sobre la premisa de que es importante para Dios, y para el mismo ser de la creación, que el bien prevalezca y que el mal perezca.

Desde mis primeros días de juventud uno de los versículos resonantes de la escritura para mí ha sido Jueces 5:20, de la Canción de Débora: “Desde los cielos pelearon las estrellas, desde sus órbitas pelearon contra Sísara.” La justicia se halla escrita en cada átomo de la creación, y la justicia es inevitable. Negar el infierno es negar la justicia. Como señaló Emory Storrs hace años, “Cuando se elimina al infierno de la religión, se elimina la justicia de la política.” Uno puede añadir que, cuando se niega el infierno como realidad y como lugar, el infierno reaparece en forma de injusticia y maldad universal. Entonces la tierra se convierte en un infierno porque se niegan la realidad y la finalidad de la justicia.

Negar el infierno es insistir que la vida debe hallarse libre de riesgos morales. Cuando las iglesias se tornan antinómicas, rápidamente le restan importancia al hecho del infierno porque éste enfatiza la ultimidad de la ley y la justicia de Dios. Negar el infierno es negar la realidad de la moralidad y de la justicia y afirmar un relativismo cósmico. El hecho del infierno es nuestro consuelo de justicia cósmica.

Pero hay más. Si buscamos eliminar el riesgo de la vida y la sociedad, y eliminar el infierno de la eternidad, también eliminamos el descanso del Sabbath y el cielo. El descanso del Sabbath no tiene sentido aparte de la salvación. El Sabbath es un hecho pactal, una celebración de la salvación (por lo tanto, la Pascua pone fecha al descanso semanal Antiguo testamentario, y la Resurrección lo hace con el descanso semanal Nuevo testamentario). Si no hay salvación, no hay descanso. “«¡No hay paz para los impíos!», ha dicho mi Dios.” (Isaías 57:21).

Pablo nos dice, que nuestra “labor en el Señor no es en vano” (I Corintios 15:58). No dice que esté libre de riesgos. De hecho, Pablo es capaz de catalogar los riesgos que él tomó por predicar el evangelio, y las penas que sufrió: prisión, golpes, apedreamientos, naufragios, y más, mucho más. Lo que sí nos dice es que los riesgos morales tienen certeza de recompensa ya que la ley y la justicia de Dios gobiernan toda la creación.

Fue después del fin de la II Guerra Mundial que comenzó a predominar nuestra cultura centrada en el niño y libre de riesgos. El periódico de hoy traía una historia acerca del crecimiento de la actividad criminal entre los niños menores de 10 años de edad; un oficial de policía expresaba su consternación frente a las disposiciones a la maldad y al vicioso conocimiento callejero de tales niños. Esto no debiese sorprendernos. A los niños a quienes se les ahorra el trauma del castigo se les enseña, de ese modo, que la justicia no existe. Es todavía cierto, “El que no aplica el castigo aborrece a su hijo; el que lo ama, lo corrige a tiempo.” (Proverbios 13:24). Si no castigamos a nuestros hijos les enseñamos que no existe la justicia.

El sueño de una vida libre de riesgos es un sueño funesto, porque es, en esencia, una negación de la causalidad; es una insistencia de que no existe la causa y el efecto, y es una negación de que “la paga del pecado es muerte” (Romanos 6:23).

También es una negación de la justicia, porque rechaza el hecho de que la vida implica inevitables juicios y riesgos morales.

El sueño de una vida libre de riesgos está asociado muy de cerca con la imaginación pornográfica. La pornografía le provee al hombre un mundo que es imaginario, uno en el que las consecuencias morales están totalmente ausentes, y un mundo en el que todas las cosas giran alrededor de los deseos del individuo. En el mundo de la pornografía están ausentes las personas reales; se desata la imaginación malvada y reordena todas las cosas para que se ajusten a sí misma. Los riesgos son eliminados de la pornografía para saciar sin limitaciones la imaginación malvada.

El único mundo libre de riesgos se halla en las imaginaciones malvadas de los hombres: no tiene ni sustancia ni realidad. No puede existir en el mundo real. Aquellos que sueñan con una vida libre de riesgos, tarde o temprano, son todos perdedores.

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