La pornografía no es casi nunca tema de debate en las sugerentes conversaciones de barra de bar ni tampoco cuestión de análisis en los pretenciosos coloquios académicos. Sin embargo, quizá no haya realidad concreta que tanto condicione la forma en que el hombre se comporta, mira a los demás y se relaciona con el mundo que lo rodea. Años de libre acceso a la pornografía han ido moldeando un hombre encerrado en sí mismo e incapaz de trascender las relaciones instrumentales (o contractuales)

No se trata de un fenómeno excepcional, ni mucho menos. Un estudio de la Universidad de Middlesex, en Reino Unido, revela que un 53% de los adolescentes de entre 11 y 16 años han visto material pornográfico explícito en la red; al tiempo que muestra que el 65% de los jóvenes consultados de 15 y 16 años reconocen haber consumido porno asiduamente. En el caso de los niños de 11 y 12 años, el dato se antoja incluso más escalofriante: un 28%.

El estudio, por otro lado, señala que la mayor parte de los jóvenes que consumen pornografía se encontraron con ella por primera vez casualmente, sin pretenderlo. Una aseveración que coincide, en esencia, con los datos que maneja un informe realizado por el Comité de Mujer e Igualdad del Parlamento británico: sólo el 22% de los adolescentes entre 11 y 16 años que han visto – o ven – pornografía dieron con ella intencionadamente. Esto es, se la encontraron mientras navegaban por Internet, como quien se topa con una fiera cuando explora la selva.

A la luz de este estudio podemos alcanzar una certeza difícilmente refutable: el adolescente no busca, movido por una irrefrenable pulsión libidinosa, la pornografía; es la pornografía, el entramado empresarial que subyace tras ella, la que lo encadena a traición. Precisamente esto torna más sospechosa la renuencia de los Estados occidentales a restringir el acceso a ella a los mayores de edad. ¡Prohibir la pornografía entre los menores no sería atentar contra su libertad, sino protegerla de las acometidas de un mal que esclaviza!

Prohibir, no; promover, sí

Pero las élites políticas no sólo no mueven un dedo contra la pornografía, sino que, en ocasiones, la fomentan con denuedo. Podemos recordar, en este sentido, al antiguo presidente del Partido Popular Europeo, Joseph Daul, quien señalaba en 2014 el libre acceso al porno como uno de los grandes ‘logros’ de la UE.

La pasividad – y la complicidad – de las élites europeas en esta cuestión contrasta con la voluntariosa actitud del Gobierno polaco de Ley y Justicia, que se ha afanado en proponer una alternativa a la actual legislación de los países europeos en lo referente a la pornografía. De esta forma, en las postrimerías de 2016, un grupo de parlamentarios de este partido presentó un proyecto cuyo objetivo estribaba en impedir el acceso de menores de edad a material pornográfico. ¿Cómo? Exigiendo que los usuarios confirmasen su mayoría de edad a través de un certificado digital antes de acceder a páginas porno.

La propuesta, que fue estudiada por el Ministerio de Digitalización, no fructificó. Sin embargo, sí abrió un debate en el seno de la sociedad polaca; debate que, en otras naciones europeas, es inexistente.

Una discusión necesaria

La pornografía va cambiando progresivamente la mirada del hombre. El pornógrafo no mira al otro como un sujeto al que amar, sino como un objeto al que usar para el propio beneficio. Este cambio de mirada altera, a su vez, la naturaleza de las relaciones personales, que se tornan en relaciones instrumentales, y también la del acto sexual: deja de simbolizar una entrega plena a alguien que nos quiere y se convierte en la mera respuesta a un estímulo, en un trámite necesario para colmar nuestro deseo de placer.

Así, la pornografía contribuye a configurar un hombre encerrado en sí mismo, carente de conciencia comunitaria e incapaz de amar; el hombre que, en fin, las multinacionales anhelan. Pues el padre de familia siempre será más austero – y exigirá salarios más altos – que el pobre diablo que, ávido de experiencias placenteras, se masturba frente a la pantalla del ordenador en compañía de su gato.

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