Por: G.F. Blackberry

¿El pasado fue mejor ?

Por lo general, cuando uno mira al pasado nota que tuvo tiempos mejores y que en ese momento no los aprovechó tanto como le hubiese gustado. También pasa que agradece  por los “éxitos”.

Sin embargo, al analizar mi vida en los últimos dos años, no puedo dejar de celebrar el quiebre que me llevó a uno de los rincones más oscuros del matrimonio pero que me dio un camino más honesto, más brillante y más compasivo del que recientemente disfruto. Es decir, que en la actualidad me veo regocijándome en un fracaso, en un profundo dolor. 

Antes de dicho quiebre, correspondiente a estar al tanto de la adicción sexual de mi esposo, llegué a un punto en el que pensé que estaba casada con dos hombres: la sólida compañía, motivador, que conocí en el noviazgo y este ogro en el que se había convertido.

El primero cada vez lo veía menos, era una especie de recuerdo de la juventud, una sombra reemplazada por un ser solitario, hermético de no pronunciar palabras en días,  y era muy frecuente el conocer de primera mano mis fallas, mi lado inútil, mi presencia estorbando, gracias a mi esposo. Hasta llegar a pensar que había unido mi vida con “el enemigo”.

 Era como si el ogro se hubiese tragado a mi novio. Siendo nueva en esto del matrimonio, pregunté a algunas mujeres dentro de la iglesia, quienes siempre me aconsejaron marcar límites o separarnos, pero cómo hacerlo si ni siquiera entiendes qué está pasando?.

Resignandose a la realidad

Finalmente, me resigné a dar por perdido a un compañero de vida que me cuidaba, que se preocupaba por el estado de mi corazón, que oraba por mi, que me demostraba con su vida y acciones la presencia de valores cristianos y que en alguna vez prometió amarme como Cristo a su iglesia (cosa que después al recordar me daba más rabia y me hacía dudar del cristianismo). 

Ya nada es como antes

Y ahora, es el hombre perfecto? volvió mi novio?, ciertamente no, ya no es ese novio sino un ser humano, al que Dios usó para demostrarme su poder en medio de la desesperación, me permitió abrir mi corazón para desahogarme con Jesucristo y darme por vencida aceptando una voluntad que no se acopla a las que creo son mis necesidades, sino a los designios de un padre sabio, porque si hay algo que he aprendido de esta experiencia es el amargo sabor del pecado, que afecta todo un entorno, que me hace entristecer y que me duele tanto como algo parecido a “ser una sola carne”.

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