CUANDO LA CONFESION DE UN ESPOSO ADICTO IRRUMPE EN LA TRANQUILIDAD DEL HOGAR

Por: G.F. Blackberry

Hace unos años recuerdo haber escuchado a una muchacha, hermosa físicamente, decir que se causaba a si misma heridas en su cuerpo al haberse enterado que su esposo veía pornografía y la gran pregunta en su mente era: por qué no lo logro satisfacerlo como mujer? qué vé en esas mujeres de la pantalla que tanto lo atraen?. Recuerdo ese testimonio, lo que me da indicio de haber prestado mucha atención, sin embargo no sabía en el instante del relato que pronto sería yo quien me encontaría en esos zapatos.


Lo más curioso de ser la coprotagonista de una historia así es que, no sólo esas sino muchas preguntas más te vienen a la mente y qué decir del protagonista, cuando recién se pasa por la etapa en que te confiesa, aunque le preguntes, le reproches o cualquier otra sea tu actitud está igual o más aturdido que tu. 

En mi caso, luego de la confesión de mi esposo, en donde me comenta que es un adicto a la pornografía, viví una etapa dura que a menudo intento no recordar porque duele. Mi consigna matrimonial siempre había sido el apoyar a mi esposo en todo, entregarme para intentar ser esa ayuda idónea pero ese día… esa semana me sobrevino una ola de sentimientos, pensamientos, sensaciones con las cuales peleaba porque decía: tengo que apoyarlo pero la verdad es que no tenía la fuerza emocional ni para mantenerme en pie. 

Es difícil desplazarse por un sitio quejumbroso, solitario y oscuro y así me sentí mientras trataba de continuar con mi día a día atravesando por esta situación, que definitivamente no podía ignorar: estaba ahí y se hacía más presente porque mi esposo estaba determinado a enfrentar directamente el problema. Para mi era como caminar en medio de tinieblas pero sin saber para dónde iba, a la deriva, confiando en casi nada excepto por aquello que marcaría finalmente la gran diferencia.


Creo que, desde que nos casamos, el año relacionado con este hecho es el periodo en que he tenido que soportar más dolor en el corazón, probablemente un tipo de duelo, un dolor casi físico, inexplicable en palabras, entiendo que los expertos lo llaman “quiebre”. Un quiebre que viendo en retrospectiva sacó nuestro matrimonio de ser una farsa, hecho que yo intuía pero no lograba dilucidar totalmente. 


Dicho quiebre significó ver al otro en su punto más bajo, sin poder defenderse, como ver a alguien que se entrega ante la justicia reconociendo su culpabilidad pero curiosamente sufriendo con él sin haber tenido participación alguna en el acto.


Quiebre que finalmente destronó a ese ídolo que había hecho o aceptado (mi esposo), colocándolo en mi corazón antes que al Creador, me mostró lo vulnerable que soy y la necesidad de Jesucristo.  


Quiebre que trajo sanidad, que alejó falsos amigos, que me permite vivir verdaderamente libre y que me ha llevado a amar a un hombre de carne y hueso, en lo real.


Estoy segura que hoy puedo narrar la experiencia gracias a Jesucristo, la única gran diferencia. 

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