Por Esteban Beitze

Apenas pasa una semana sin que reciba una llamada o carta de alguien que lucha contra la inmoralidad sexual. Un típico ejemplo: un joven llega a su casa el domingo por la noche, después de haber servido al Señor en varias actividades de la iglesia durante el fin de semana. Se acuesta a dormir, no puede conciliar el sueño, toma el celular… y después de algunos pocos clics, ya está mirando pornografía.

Disfruta de un breve éxtasis, pero en seguida se siente sucio. Se odia por haber abierto de nuevo la puerta al pecado. Siente rechazo hacia sí mismo. No puede creer que lo haya hecho otra vez. Sabe que tiene un problema y debe buscar ayuda, pero ¿qué pensaría su familia o los líderes de la iglesia si lo supieran? Enojado consigo mismo se promete que nunca más dejará que le vuelva a ocurrir. Aunque se ha dicho esto muchas veces, esta vez no cederá. Pide perdón a Dios y le asegura que en esta ocasión su resolución es seria. Sin embargo, en lo profundo de su corazón sabe que solo es cuestión de tiempo para que vuelva a caer…

Hace un tiempo, Josh McDowell estuvo en Argentina. Trajo consigo una serie de estudios científicos en los que se había invertido mucho dinero. Estos reflejaban que un 35 % de las descargas en Internet eran de contenido pornográfico. Un 87 % de todos los jóvenes no consideraban problemático mirar pornografía. Un 77 % de los hombres entre 18 y 26 años miraban videos pornográficos con regularidad. Un 84 % de los cristianos entre 18 y 29 años no sabían cómo aplicar la Biblia a los conflictos de la vida diaria, incluso respecto a la impureza sexual. Un 66 % de los cristianos divorciados consideraban que la pornografía había sido la causa de su separación. Un 60 % de los hombres cristianos y un 40 % de las mujeres cristianas eran adictos a la pornografía. Entre un 80 y un 85 % de los pastores miraban pornografía, de los cuales un 55 % eran adictos a ella.

Este tsunami de inmoralidad conlleva terribles frutos. ¡Cuántas vidas están dominadas por ella! ¡Cuántas amistades son contaminadas y cuántos matrimonios se destruyen a causa de esto! Sabemos muy bien que este mundo está plagado de inmoralidad. Hoy todo está permitido, incluso incentivado. La impureza moral es omnipresente, y lamentablemente lo es cada vez más entre los cristianos. Es un hecho encubierto. A veces ni siquiera es considerado un problema serio por los líderes de la iglesia. Pero la pornografía es uno de los mayores problemas en las familias cristianas, en las iglesias e incluso en los seminarios bíblicos. Es una adicción más fuerte que la heroína y la cocaína.

Algunos pasajes bíblicos nos muestran qué pasos dar para alcanzar la salida. Las palabras de Jesús en Mateo 5:29 son decisivas: “Por tanto, si tu ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno”. El Señor conoce el gran peligro que surge muchas veces de lo que vemos. Por lo tanto, nos da tres instrucciones claras sobre cómo enfrentarlo: reconocer el pecado, separarnos radicalmente de él y renunciar a todo lo que nos motive a practicarlo. Estos tres ejercicios son fáciles de registrar, pero mucho más difíciles de aplicar.

Pregunté a algunos de mis contactos, los cuales sabía que habían vencido en la batalla contra el pecado de la impureza, cómo habían obtenido y mantenido la victoria. Las respuestas fueron muy parecidas. Una mujer joven que había caído desde niña en la trampa de la pornografía, hundiéndose cada vez más en la suciedad, me dijo: “comencé a orar como nunca lo había hecho en mi vida. Cada día presentaba este tema al Señor. Cuando veía la tentación, oraba con más fervor. Y sigo orando también ahora para no volver a caer”. Y un joven con una inclinación hacia la homosexualidad y adicto a la pornografía, declaró: “comencé a concientizarme nuevamente del inmenso valor que tenía el sacrificio de Cristo, a leer mucho la Biblia, a orar, a aprovechar cada oportunidad de estar en contacto con otros creyentes y a rendir cuentas a un consejero”.

El único que en verdad nos libera es el Señor. Tenemos que confiar en Él y permanecer cerca de Su presencia. Esto es posible a través de la mucha oración, rogándole al Señor que nos ayude a salir victoriosos en nuestros puntos débiles. La libertad solo vendrá si contamos con su presencia y poder. Cuanto más grande es el Señor para nosotros, tanto más pequeño se vuelve el problema. Y cuanto más estimemos la obra del Señor y tengamos en mente lo que ha costado nuestro pecado, menos querremos entristecerlo.

Fuente: https://llamadademedianoche.org/

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